“Odiándote hasta los huesos”: Jessica

“Odiándote hasta los huesos”: Jessica

Lunes, Diciembre 12, 2016
Laura Agudelo

Estar ahí sentada, mirándola y viendo la expresión de dolor en su rostro me hace pensar que en realidad he tenido una muy buena vida comparada con la de ella. En un lugar del centro de Bogotá me siento a hablar con Jessica, el personaje principal de esta historia.

La conversación me remonta a época donde la conocí, 2015, una gran compañera de universidad, de clase y de grupo. La primera vez que la vi en realidad se veía neutra y sin alguna cualidad específica. Cuando empezamos a conocernos y a trabajar juntas me agradó su forma de ser y su compromiso con todo lo que hace.

Jessica, era estudiante de comunicación social y periodismo, veintitrés años y un técnico en producción radial la hacen una muy buena profesional en su campo. Luego de varios meses de compartir con ella, una mañana la vi, la vi entrar a clase caminando con gran dificultad. Algo andaba mal, sin medirme nada, le pregunté qué sucedía.

La primera bomba

Un problema en su casa hizo que su padre la lastimara. Sin muchos detalles me cuenta que el altercado fue muy fuerte y que necesita ir con urgencia a un médico para corroborar que todo fue sólo un susto. Quiere independizarse, huir de su casa, eso me da una idea de lo grande que es el problema. No quiero hacerla sentir más mal de que lo que se siente, así que por ahora decido dejar el tema así.

El frío bogotano de aquel lugar en el centro de la ciudad hace más triste la escena de Jessica bañada de lágrimas y relatando sus más profundos secretos.

El Secreto

“En esta situación ser fuerte, no es fácil. Mi vida, mis padres, dejar a un lado mis pasiones, son demasiadas cosas… Hay cosas que no puedo controlar, vacíos que no puedo llenar. Estar con una persona sin pensar en cómo me veo: ¿qué tan gorda estoy?, ¿qué tan fea le puedo parecer?”

Jessica tiene una lucha constante con sus autoestima, la rabia y el dolor son sólo algo que adorna la historia. El desafío de superar cada día se hace, muchas veces, inalcanzable.

Hay secuelas de este problema, en su cuerpo y en su rostro. La miro fijamente y su cuerpo me transmite tristeza e inconformismo con la vida, con su cuerpo, con quien es.

La recuperación

Visito con Jessica el centro de rehabilitación donde constantemente lucha con su problema. Es una casa normal, donde nadie imaginaría que dentro hay jóvenes rehabilitándose por culpa de la droga, el alcohol y los trastornos alimenticios. Entre patios, salas de conferencias, un gimnasio y dormitorios, acompañadas de “Cabeza de fresa”, una de las enfermeras que en su momento fue un gran apoyo para Jessica, caminamos hacia un consultorio.

Cuando entra a su control psicológico, yo me quedo fuera y observo a mi alrededor, los jóvenes en rehabilitación se sientan en la sala de televisión a ver una película y distraerse un poco, detallándolos bien tienen edades entre los quince a los veintidós años aproximadamente.

Después de más de media hora de espera Jessica por fin sale de su cita, sonriente y hablando amenamente con su psicóloga, una mujer con bata larga, cabello recogido y aparentemente muy ocupada. Le pido dos minutos de su tiempo para que me ayude a resolver unas dudas que me surgieron acerca de la medicación y del tratamiento que ella en su rama profesional le suministra a los pacientes.

Me cuenta en la brevedad del momento que a la hora de los pacientes ingresar al centro de rehabilitación se les debe practicar una valoración inicial donde se determinen claramente los objetivos del tratamiento, ya que, no todos los trastornos alimenticios deben tratarse por un mismo enfoque, cada persona y organismo es totalmente diferente. La familia debe estar involucrada en el proceso que el paciente lleva, para esto se desarrollan terapias familiares donde este se sienta acompañado y apoyado por las personas de su entorno más cercano.

Sus demonios  

Cuando visito su casa, mi objetivo es poder dialogar con la mamá, sin embargo, el dolor y el sufrimiento que siente no permite que hable con ella. Ya en su cuarto Jessica saca de sus cosas un cuaderno en el cual me encuentro con notas realmente espeluznantes. Cuántas calorías tienen los alimentos, los productos que la adelgazaban, los engaños que podía utilizar para no ingerir alimentos y palabras como fracasada, fea, gorda, maldita cerda, asco, perdedora y débil, estaban escritas en las diferentes páginas de esa libreta, sorprendida lo tomo y sigo leyendo lo que a su interior se consigna. Palabras fuertes pero que para ella en su momento fueron efectivas, según dice, eran las que le ayudaban a bajar cada día más y más de peso

En su cocina recuerda cómo comenzó, aunque primero desarrolló la anorexia esta patología que no te deja comer con el fin de verte más delgada. Luego llegó la bulimia, vomitar lo poco que comía. Me dice que en realidad esta última es mucho peor que la primera, pues según su experiencia esta enfermedad le producía los llamados ''atracones'', hambre excesiva,  lo que la hacía consumir porciones descomunales de comida para luego, sentirse culpable y tratar por todos los medios de vomitar lo ingerido hasta el final.

Esta culpa lleva claramente a querer auto-flagelarse. Jessica, por todo el peso de estas dos enfermedades y los problemas que tenía con sus padres, empezó a lastimarse y a cortar su brazo izquierdo constantemente con cuchillas, bisturíes o tijeras, objetos que hoy en día no están a su alcance en su casa.

La relación que Jessica tiene con sus padres no es buena, su madre nunca la ha comprendido de la manera en que ella quisiera, su padre un enemigo constante que la ataca y la hace sentir menos, unos padres que según Jessica se dejaron de hacer cargo de ella apenas cumplió los dieciocho años de edad.

Aunque la mayoría del tiempo lidera una batalla campal con ellos, siempre trata de mantenerse fuerte lo que es una tarea muy difícil para ella y su condición. Su padre se enfrenta y la encara cada vez que tienen una discusión, se golpean mutuamente y se hieren físicamente.

Esa misma tarde, sin mucho preámbulo pero con un cierto grado de dificultad, Jessica me confesó que tenía gustos por ambos sexos y que la única relación duradera y real  fue con una mujer, incluyendo su primera experiencia sexual,  a una edad muy temprana, los 15 años. Esto marcó su vida en un antes y un después, ahora Jessica es una mujer más reservada con sus intimidades y problemas.

Su abuelo, padre de su madre, un hombre que la cuidaba y que se hacía cargo de ella desde muy pequeña, en realidad fue la persona que causó todo este tipo de problemas e inseguridades físicas y mentales en ella, constantemente le ordenaba que lo tocara y que se desnudara, lo que llevó a Jessica al borde de un trauma psicológico, a la edad de los siete años aproximadamente.

"Recuerdo que una vez me quede en la cama de mi abuelita y me metí en la mitad de mi abuelita y mi abuelito, él me cogió la mano y me obligó a masturbarlo, para mi era “normal” porque uno a esa edad le hace caso a un abuelo". Este fue el inicio de varios episodios de abuso sexual del abuelo hacia ella y aunque nunca la violentó completamente, su lujuria llegó al punto de tocarla y ordenarle hacer cosas que ella misma no quería pero que en realidad a una edad tan pequeña no se preguntaba de qué eran o porque no se debían hacer.

El odio que Jessica reprime es demasiado y aunque su abuelo ya falleció, el dolor aún está ahí latente pues aún recuerda esos días como si hubiesen sido ayer. El trauma emocional le trajo sus consecuencias y, aunque ella manifiesta que aún no sabe si su problema con la comida fue por esta razón, en realidad dice que ayudó bastante a crear esas inseguridades que la han atormentado toda su vida.

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